Esta película nos sitúa en la cocina de The Grill, un restaurante de lujo en el corazón de Nueva York, donde una jornada de trabajo puede convertirse rápidamente en una batalla por sobrevivir. Entre cocineros, camareras y demás trabajadores, seguimos a Pedro, un joven inmigrante que intenta abrirse camino dentro de un lugar que parece ofrecerle una oportunidad, mientras a su alrededor se entrecruzan romances, conflictos, precariedad y pequeñas violencias cotidianas. Cuando un faltante de dinero en la caja desata una búsqueda de culpables, las tensiones que ya existían dentro de la cocina comienzan a hacerse evidentes y aquello que parecía ser sólo un lugar de trabajo termina revelándose como un pequeño mundo atravesado por las mismas desigualdades que existen fuera de sus paredes.
La cocina nos hace un recorrido casi de forma voyeurista dentro de esta cocina, mostrando no sólo la dinámica práctica de una profesión tan compleja, sino también de las relaciones sociales que se expresan en ella. Es tan visualmente buena que nos vuelve cómplices de todo lo que a puerta cerrada cualquiera como cliente no puede o no quiere ver.
Si pensamos en esa discusión ya introducida por Marx sobre el fetichismo de las mercancías —la creencia de que estas existen per se y no como producto de una división del trabajo particular, en la que debemos incluir también la explotación—, entendemos que este mecanismo de despojo está en todos lados, incluso detrás del plato fancy de comida que pedimos. De modo que La cocina nos lleva hasta el punto de partida donde eso que consumimos surge como el producto de un engranaje de personas y vínculos desiguales entre ellas que se esconden detrás de todo lo que consumimos.
Parece olvidarse el hecho de que quienes tienen que producir algo están sometidos a ritmos acelerados, a la precarización del mercado laboral y en el caso de migrantes, a una sucesión de violencias y privación de derechos que ha tomado mucha fuerza en la actualidad. Ellos son humanos que, como cualquier otro, tienen expectativas y sueños que muchas veces, y especialmente en Estados Unidos, se están desvaneciendo entre el humo del Grill.

La película tiene un buen timing que nos lleva de escenas sumamente lentas y casi sin diálogos a otras donde el caos reina por completo bajo el rush del lugar. Y si hay un gran acierto en ella es que la cocina se convierte no sólo en el espacio en el que suceden todas las acciones —el faltante en la caja se vuelve una cacería de brujas donde los principales sospechosos son siempre los marginados; el amorío entre el cocinero Pedro y la camarera Julia los obliga a tomar decisiones sobre sí mismos y los confronta con sus propias realidades—, sino también en un personaje en sí mismo.
La cocina es el crisol de culturas, esperanza para algunos y quizá el infierno para otros. En ella se gasta la vida y se bromea de forma irónica; todo y todos dentro de ella se mueven en una danza bien fotografiada y diseñada, además, en un blanco y negro que sí le hace mucha justicia.
Sin embargo, después de un rato los desaciertos comienzan a aparecer. En el intento por abordar demasiado, por pensar casi minuciosamente cada escena para que sea atractiva, la película pierde sus premisas fundamentales, si no es que estas siempre fueron banales. Los personajes olvidan su propia lógica y el propósito de su existencia, al igual que Nonzo, quien narra una historia preciosa que cautiva a sus compañeros y a la audiencia allá afuera de la pantalla, pero que no termina por desembocar en ningún lugar.
La línea narrativa es confusa, perdida al final, como quien comienza una buena idea que fluye y fluye pero no sabe dónde aterrizar y se conforma con el palabrerío y los destellos que dejó en el camino.
The Kitchen tiene muy buenas ideas que, visualmente, ya están bien ejecutadas, pero también es una película a la que le faltó dar un salto todavía grande para posicionarse como una historia que no sólo se ve bien, sino que cohesiona de mejor forma todos sus elementos y que no se queda corta en un intento por denunciar la deshumanización a la que nos ha sometido, evidentemente, este capitalismo tan salvaje y agresivo.


Deja un comentario