«Para una madre, la desaparición significa un espacio sin tregua, una angustia larga, no sé, no hay resignación ni consuelo, ni tiempo para que cicatrice la herida; la muerte mata la esperanza, pero la desaparición es intolerable porque ni mata ni deja vivir»
-Elena Poniatowska-
Aún estoy aquí se suma a una filmografía que retrata el dolor y el impacto, individual y colectivo, que provocan las desapariciones forzadas y las heridas que permanecen históricamente abiertas. En ella seguimos el drama de una familia que se desarrolla en medio de la dictadura militar brasileña, iniciada en 1964, una época marcada también por grandes movimientos estudiantiles y obreros alrededor del mundo y por una ferviente búsqueda de distintas formas de liberación.
La película recae fuertemente en la actuación de sus personajes, cuya empatía inicial es apenas la antesala del viaje al que nos lleva la historia y que termina por aterrizarnos cuando la realidad nos pega directamente en la cara.
Fernanda Torres encarna a Eunice, esposa del diputado Rubens Paiva y madre de cinco hijos, que busca mantener por todas las vías la cohesión de una familia amorosa que vive en medio de una crisis política y militar. Después del secuestro de su esposo —y tras convertirse ella misma en sobreviviente de las torturas perpetradas por el Estado—, Eunice enfrenta una violencia que no busca únicamente eliminar a sus opositores, sino quebrar deliberadamente sus espíritus y su humanidad.

Aún estoy aquí no puede ser mucho más fiel a la realidad cuando nos muestra que, detrás de las risas, las reuniones y la vida comunitaria, podemos ver pasar camiones repletos de militares que, lejos de dar una sensación de paz, se convierten en una amenaza para la vida en armonía. Son un recordatorio de que, en el lugar que sea, son ellos quienes tienen las armas a su favor y nosotros quienes formamos parte del esquema que decide cuándo y cómo debemos actuar.
El esclarecimiento de las desapariciones implica también una deuda con sus familias: dignificar y enunciar la muerte. No desaparecieron por magia, no decidieron irse, se los llevaron arbitraria e inhumanamente. Repetir una y otra vez FUE EL ESTADO no es un panfleto: es nombrar un delito que enoja, que frustra y que duele profundamente.
Esclarecer, nombrar, recordar, pero especialmente —y por encima de todo— evitar que vuelva a suceder. Ese debería ser el camino.
Y el cine, como herramienta poderosísima de memoria y de masas, sigue retratándolo como un acto de resistencia.
Que viva el cine brasileño. Y, en general, que viva el cine latinoamericano.


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