Por: Fernanda Rojas
Una pregunta de repetición: un espectro es siempre un revenant (…) comienza por volver¨
-Jacques Derrida-
El estreno de La bola negra no llega para contar una historia simple, sino para volver sobre una que parece negarse a desaparecer. La nueva película de Los Javis se construye alrededor de tres hombres separados por varias décadas: Sebastián, un joven músico atrapado por las circunstancias de la guerra civil; Carlos, cuya vida en la España de los años treinta queda marcada por las fronteras sociales que determinan quién pertenece y quién queda fuera; y Alberto, un hombre del presente que se encuentra con los restos de una historia familiar que hasta entonces había permanecido fragmentada y en silencio.
En el caso de Sebastián, la guerra introduce una contradicción que será fundamental para el filme: su reconocimiento en uno de los bandos no termina de explicar por completo quién es. Obligado a convertirse en soldado por las circunstancias y no por convicción ideológica, termina enfrentándose a una experiencia para la que ninguna identidad política parece prepararlo. Aquello que tiene que reconocerse como enemigo, se convierte en el objeto de su deseo, y la música, que en su vida precedía a la guerra, queda atravesada por ella.
Carlos vive en otro momento histórico, pero se encuentra igualmente frente a una sociedad que establece categorías de pertenencia y exclusión. Lo que en Sebastián aparece como conflicto entre el individuo y el bando al que ha sido incorporado, en Carlos se manifiesta en la mirada de una sociedad que decide qué puede ser un hombre y qué debe quedar oculto. Su historia introduce además uno de los símbolos que dará título a la película: una marca de exclusión que puede permanecer mucho más tiempo que las circunstancias que lo produjeron.
En el presente se encuentra Alberto, que no recibe directamente la experiencia de quienes estuvieron antes que él, sino sólo sus rastros. Representa a aquellos que no vivieron la guerra, pero heredaron las consecuencias indirectas de ese conflicto. Lo que para otros es vivido, para él aparece como ausencia, silencio y fragmento. Su recorrido consiste, en buena medida, en intentar reconstruir aquello que su familia no le transmitió de forma completa y descubrir hasta qué punto una historia aparentemente terminada puede seguir produciendo efectos en quienes no la vivieron.

La bola negra se trata, más que de historias independientes hiladas con una aguja muy delgada, de una misma estructura reapareciendo bajo condiciones históricas, políticas y culturales diferentes. Son tres hombres en tres momentos separados por décadas y atravesados por la repetición y la diferencia, que nos dejan con preguntas difíciles de responder: ¿Qué persiste? ¿Qué sobrevive?
¿Una forma de desear?
¿Una forma de callar?
¿Una forma de tener miedo?
¿Una herida?
¿Un secreto?
¿Un objeto?
¿Una obra?
¿O quizá una imposibilidad?
Si miramos antropológicamente la Historia, entendemos también que no es sólo la narración de los acontecimientos y menos aún la revisión puramente cronológica del pasado, sino en esencia la explicación de procesos, de sus involucrados y sus consecuencias; de aquello material e inmaterial que persiste en el tiempo y que da pie a que generaciones pasadas y presentes se reconozcan entre sí: una foto, una casa, un libro, un nombre que no se pronuncia, una historia incompleta, una versión de los hechos o una sensación de que hay algo que no debe preguntarse. Por eso es que La bola negra nos habla de la memoria intergeneracional, de cómo el pasado produce presente, de la forma en que la generación posterior no recibe la experiencia de quien la precede como una película grabada y sólo obtiene de ella fragmentos, respuestas a medias, conflictos y debe entonces reconstruirla, transformarla o incluso repetirla sin saber que la está repitiendo, pues la transmisión no conserva intacto al pasado, lo reinventa o lo reproduce. Cambiará el régimen político, las normas sociales, la forma de ver la homosexualidad, la manera de construir la identidad, pero las preguntas centrales parecen ser siempre -o casi siempre- las mismas. Por eso nuestros tres protagonistas pueden estar viviendo condiciones semejantes sin estar viviendo necesariamente la misma historia.

Es así como aparece Lorca. Los Javis utilizan su lenguaje no sólo como referencia estética, sino como una forma de hacer visible aquello que atraviesa las tres narrativas: el deseo homoerótico que cambia de contexto, pero no desaparece. El hombre que debería ser otro, el que debería pertenecer al bando contrario, a otra clase, a otra forma de vida, se convierte en aquel hacia quien se dirige el deseo. Pero aquello que no puede nombrarse tampoco desaparece: se transforma en silencio y el silencio termina convirtiéndose en una de las formas de transmitir la historia. Nadie dice que hubo un hombre, nadie pregunta el porqué de un texto inacabado, del porqué una foto está guardada, nadie pronuncia aquello que ocurrió; y sin embargo, algo de esa experiencia consigue atravesar las generaciones. La homosexualidad que no se nombra también se hereda, no como identidad, sino como ausencia, secreto o interrogante.
La película es profunda, pícara y sublime; es un salto al mundo del homoerotismo y del auto-re-conocimiento, pero también a las formas en que una sociedad produce silencios, cómo hereda categorías, cómo sus muertos continúan teniendo agencia en los vivos y sobre todo, cómo el pasado se traduce en presente.











