El humanismo de KaurismäkiSombras en el paraíso (1986)

Dirección
Aki Kaurismäki
Año
1986
Valoración

Últimamente me propuse ver películas de Aki Kaurismäki. Después de Fallen Leaves quedé encantada con la sobriedad de sus personajes; una sobriedad que, a decir verdad, creí arbitraria porque entonces no sabía de dónde podía provenir.

Ahora que estoy terminando su famosa y antañísima Trilogía del proletariado, más de treinta años después de sus primeras películas, encuentro en ella una explicación posible. Y también una discusión que me interesa abrir.

Kaurismäki deja una fiel prueba —como tantas otras películas lo han hecho— de que para hablar del proletariado no hace falta hacerlo necesariamente desde una perspectiva de política rigurosa. Es y sigue siendo indispensable dejar de hacerlo únicamente desde ella para acercarnos a algo mucho más difícil de nombrar: lo que es un trabajador, sí, pero también lo que es -o mejor dicho lo que somos- en complejidad.

Quizá —y me atrevo a iniciar aquí una discusión— haberlos encasillado históricamente en la figura del “obrero explotado” generó una brecha por la que hoy muchos podemos mirarlo como un ente externo: alguien que existe, pero del cual no formamos parte. Y con ello se diluyen identidades que quizá sería importante rescatar.

Somos reacios a iniciar una conversación de ese tipo porque la llevamos inmediatamente al terreno incierto y rígido de los planteamientos sociológicos o económicos. Hablamos de clase, explotación, precariedad, capital. Y sin embargo, dejamos de lado algo mucho más sustancial y mucho menos riguroso: el sentido de la vida cotidiana que ocurre alrededor de todo ello.

Entonces allí es donde aparece Kaurismäki.

Sus películas plantean cómo sería la búsqueda del ser de aquellos que nos enfrentamos a la incertidumbre de un sistema capitalista siempre en crisis, ahora atravesado además por la difusión irreal de las tecnologías; un sistema que puede ofrecernos poco, que nos encierra en vidas de alternativas cada vez más estrechas y que, sin embargo, no consigue eliminar nuestra necesidad de querer, de encontrarnos, de estar con alguien.

La sobriedad de sus personajes no es ausencia de complejidad. Es justamente lo contrario, pues su silencio es una forma de restitución: les devuelve el derecho a existir sin tener que explicarse constantemente.

Son seres taciturnos y solitarios que deambulan por la vida durante y después de la tormentosa jornada laboral. Sus relaciones amorosas se forman con una determinación que no necesita demasiado dramatismo ni personajes excéntricos que griten lo que sienten. Sus tropiezos provienen casi siempre de algo que los excede: la monotonía que los envuelve, las labores, el dinero, las circunstancias. Como si el mundo exterior insistiera en recordarnos que, para algunos, incluso amar puede convertirse en un asunto material. -¿Acaso no hay vida amorosa si uno es pobre?-, pregunta de otra manera Perfect Days.

Quizá la fascinación por Kaurismäki recae precisamente en eso: en personajes que no necesitan precipitarse para demostrar que poseen una enorme complejidad interior. No hacen falta diálogos rebuscados ni líneas interminables que pierden la atención del espectador después de unos minutos y que le imponen la necesidad irrisoria de descifrarlas o aprenderlas.

Y algo fundamental: no hay en él una ternura sentimentalista. Sus películas pueden parecer brutalmente tristes, pero no son miserables. Y cuando aparece el amor, la amistad, la solidaridad o incluso un pequeño gesto de bondad, no parece una recompensa moral por haber sufrido. Es simplemente algo que puede ocurrir entre seres humanos.

Además vuelve a herramientas que el cine ya había descubierto mucho antes. La mirada, el gesto, el silencio, la espera. Instrumentos fascinantes que ya ofrecía el cine silente y que aquí adquieren una nueva dimensión: no para hacer callar a sus personajes, sino para permitirnos observarlos.

Y quizá ahí está su mayor gesto político. No en explicarnos qué significa ser proletario, sino en devolverle a esas vidas algo que las categorías pueden terminar quitándoles: su singularidad.

Ese cine es la demostración de los quiebres existenciales de hombres y mujeres que se pierden en el desasosiego, en la monotonía, en la precariedad y en la soledad, pero que parecen estar destinados, una y otra vez, a volver a encontrarse.

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